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26 junio 2026

Recelo y cansancio frente al liderazgo del POLISARIO por comportamientos imprudentes y dañinos

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La mayoría de la sociedad saharaui —especialmente el sector juvenil— combina un sentimiento de apatía y cansancio profundo, sumado a una desconfianza plena hacia la dirigencia debido a comportamientos irresponsables atribuibles a casi todos los dirigentes del Frente POLISARIO.

Madrid (ECS).— Las causas y perspectivas fueron diversas, los intentos se han reiterado, y cada vez que las ilusiones se ven truncadas y las aspiraciones se desvanecen, surgen nuevas iniciativas que no hacen sino volver a fracasar por los mismos motivos: mala gestión, errores de apreciación, estrategias improvisadas y el deficiente proceder de determinados responsables oportunistas, que no dudan en instrumentalizar una lucha existencial para acaparar beneficios sin control alguno y sin escrúpulos éticos ni morales. Como resultado, obstruyen procesos y apuestan conscientemente por el fracaso.

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Con el transcurso de los años, este proceder inadecuado en la cúpula del movimiento de liberación saharaui (Frente POLISARIO) ha debilitado notablemente la cohesión interna y es responsable directo del clima de abandono y desesperanza imperantes, vaciando de contenido político e ideológico a la parte más numerosa de la población: la juventud saharaui, otrora bien formada y motivada hacia la conclusión del conflicto al ser parte ineludible y necesaria de la solución.

Ciertamente, y sin lugar a dudas, debemos admitir con pesar que la mayoría de los jóvenes, especialmente las generaciones más recientes, se han construido internamente una imagen nítida nefasta de lo que es el liderazgo del Frente POLISARIO -conocido popularmente como »Al-quiada»-, conformada por algunas de las causas que nos han conducido a la situación actual. Entre las más destacadas figuran actitudes inmaduras y visiones reduccionistas practicadas por las autoridades, que generaron recelos entre los jóvenes a la hora de implicarse en los asuntos públicos, debilitando su sentimiento patriótico y empujándolos a centrarse exclusivamente en sí mismos olvidando el bienestar colectivo. Esto los llevó a buscar por todos los medios sus propios intereses y su sustento personal, abandonando así el rearme ideológico juvenil que caracterizó históricamente al movimiento de liberación saharaui.

Desde finales del siglo XX y comienzos del XXI, varias generaciones de saharauis —con contadas excepciones— fueron marginadas políticamente como consecuencia de esa reticencia inducida y del desinterés forzado por la vida pública, así como por su inclinación hacia la salvación individual. Como resultado de esta mezcla de indiferencia y agotamiento, se produjo una ruptura en la confianza hacia el liderazgo debido a las actuaciones irresponsables de unos y otros, contradiciendo la imagen ejemplar que deberían encarnar como referentes y modelos a seguir, propios de un cuadro político que carga con la enorme responsabilidad de liberar a su país, más aún en un momento tan decisivo como el actual marcado por una guerra sin avances, y un enemigo que hace su ocupación cada vez más irreversible.

Sin embargo, un breve balance histórico pone de manifiesto que esta desviación del ideal revolucionario, posiblemente espontánea e involuntaria, tuvo su punto de partida con el alto el fuego de 1991, que trajo consigo una confusión en las prioridades, intensas disputas internas y una alarmante falta de conciencia y comprensión de la realidad por parte de la ciudadanía, especialmente entre los militares que vivieron con pasmosidad la orden de alto el fuego. Su pasividad en los asuntos públicos, el abandono de sus deberes y la aceptación del hecho consumado, sumados a una mentalidad materialista y arcaica se intensificaron y solidificaron en las décadas pasadas ante la ausencia de un poder fiscalizador y su poca conciencia democrática.

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El conflicto saharaui se mueve, pero no en la dirección correcta, por lo tanto, no puede esperarse un resultado distinto cuando una parte significativa del liderazgo de la vieja guardia se muestra obsesionada con el poder, incluso dispuesta a sacrificarlo todo por conservarlo, incluso algunos exhibiendo una indiferencia sorprendente ante la consecución de objetivos ya que ello significaría el fin del estancamiento del conflicto. A ello se suman excesos verbales de altos responsables que proporcionan munición mediática al adversario, campañas de descrédito injustificadas motivadas por un tribalismo ciego, así como la aparición de conflictos basados en acusaciones y condenas, en particular los intentos de desacreditar a líderes históricos que lucharon y se sacrificaron por la causa nacional, fruto de la incapacidad de separar ámbitos y de olvidar que todos trabajan por un objetivo común.

El vacío resultante de esta situación ha propiciado el surgimiento de una toma de conciencia juvenil mal orientada, como reflejan algunas manifestaciones recientes: el auge del egoísmo acompañado del intento de reducir responsabilidades y de hallar soluciones a los problemas del Estado saharaui priorizando demandas sociales inmediatas por encima del objetivo sagrado de la independencia. Esta concienciación distorsionada se alimenta de un individualismo extremo, ya que muchas de estas preocupaciones se perciben únicamente desde una óptica personal. Lamentablemente, la mayoría se movilizó con determinación en favor de sus propios intereses, relegando a un segundo plano la lucha de la que emanan todas las demás: la lucha por la soberanía y la independencia de la República Saharaui. Otros, en cambio, actuaron movidos por la ambición de alcanzar determinadas posiciones, aun a costa de perder toda dignidad y credibilidad. Es necesario reconocer que la imagen negativa proyectada por nuestros dirigentes ha calado en un sector juvenil que no duda en utilizar la lucha de su pueblo como trampolín profesional en un mundo donde todo se mercantiliza.

Más allá del papel que corresponde a los jóvenes, puede afirmarse que existe un consenso general —independientemente de las inclinaciones políticas y de las distintas visiones sobre la gestión del conflicto— en que, en un momento como el actual, la función primordial de todo nuestro pueblo debe ser evitar tropiezos y enfrentamientos internos que fracturen la unidad, tan necesaria en esta etapa. No obstante, también se teme que, si la situación continúa como se ha descrito —un escenario altamente probable—, el problema se extenderá y las diferencias se multiplicarán, generando el terreno propicio para la rebeldía y la desobediencia. Esto podría desviarnos del único camino capaz de resolver nuestros problemas: la lucha contra la ocupación marroquí, causa principal de nuestra dolorosa realidad como pueblo.

En el contexto político actual, que apunta a una conspiración para imponer la autonomía marroquí en nuestro territorio, no estamos en condiciones de permitir conflictos internos mientras libramos una guerra multidimensional contra nuestro enemigo común. La realidad exige con urgencia, tanto a los dirigentes como a la sociedad, unificar pensamiento y esfuerzos para hacer frente a los nuevos desafíos de una guerra asimétrica que se desarrolla en un mundo cambiante y que obliga a replantear diversos ámbitos de lucha, teniendo en cuenta la naturaleza de las amenazas emergentes en los campos político, mediático, de inteligencia y cibernético.

Esto no implica desmerecer al liderazgo. Los dirigentes de la primera generación, o generación fundadora, fueron quienes impulsaron y protegieron el surgimiento de la segunda y la tercera generación dentro de nuestro movimiento de liberación y de nuestra organización política. Por ello, pese a todo, siguen siendo relevantes y necesarios por su experiencia y su profundo conocimiento de las complejidades del conflicto y de las etapas superadas por nuestro pueblo. Esta cualidad debería motivarlos a liderar la fase actual, marcada por la proliferación de nuevas amenazas contra la causa nacional y por la ausencia de una orientación política clara, requerida por dos razones fundamentales: en primer lugar, porque esta tarea, que recae exclusivamente en ellos, constituye una de sus responsabilidades históricas esenciales; y en segundo lugar, porque la mayoría de los actuales dirigentes fueron producto del cumplimiento riguroso de esta misión. En consecuencia, todos los líderes deberían coincidir en la necesidad de dar paso a la juventud en esta delicada etapa de nuestra historia nacional, por su papel central en la unidad del pueblo y en la construcción del Estado.

Para estar a la altura del reto, se requieren mecanismos y marcos legales que garanticen la modernización y reforma del sistema político sobre la base de la cualificación, el desempeño demostrado y los objetivos alcanzados; así como el rearme ideológico de la juventud mediante programas de sensibilización y el fomento de su participación política efectiva, ya sea a través de cursos, seminarios o formación especializada en el marco de una rehabilitación política integral. Esto les permitirá comprender la realidad de los acontecimientos, mantenerse informados sobre el entorno y la actuación de sus responsables —incluidos los altos cargos— y establecer vínculos con otros jóvenes que posean las capacidades y habilidades necesarias para ejercer una influencia real al servicio de los intereses nacionales en los distintos ámbitos mencionados. No aprovechar la elevada formación de los jóvenes saharauis de la diáspora en múltiples disciplinas equivale a renunciar a la vanguardia juvenil, un error de proporciones históricas, al igual que ignorar a quienes se han beneficiado de becas y programas de intercambio internacional promovidos por el propio gobierno saharaui, contradiciendo la esencia misma de dichos acuerdos educativos.

La concienciación política debe construirse sobre el consenso y subrayar que no se limita a actividades culturales, protestas esporádicas o acciones solidarias y humanitarias. Debe trascender esas expresiones y traducirse en acciones verdaderamente decisivas, capaces de generar cambios políticos positivos.

Por tanto, si nuestras intenciones y nuestra voluntad de reformar, avanzar y emprender un nuevo rumbo son sinceras, debemos asumir colectivamente —líderes y ciudadanía— la necesidad de abordar la realidad con sabiduría, inteligencia y audacia, adoptando decisiones históricas y valientes acordes con la etapa del retorno a la guerra. Es imprescindible exigir ceses y destituciones de responsables en los distintos órganos del movimiento y del Estado saharaui, atendiendo a criterios de eficacia y eficiencia; tener el valor de asumir los errores cometidos, rendir cuentas y ofrecer disculpas a un pueblo digno y sufrido. Del mismo modo que la guerra brinda a la comunidad internacional la oportunidad de corregir sus errores pasados con el Sáhara Occidental, una parte significativa del liderazgo saharaui debe considerar retirarse antes de que sea demasiado tarde y la situación se vuelva en su contra, facilitando el ascenso de nuevos dirigentes capaces y racionales, que antepongan el interés nacional del pueblo saharaui a cualquier otra consideración, tal como establece la Constitución saharaui, y que sirvan de ejemplo a las nuevas generaciones y de orgullo para la sociedad en su conjunto. Todos los observadores del conflicto esperan con esperanza este relevo generacional, que genera grandes expectativas y responde a una de las demandas más reiteradas: la renovación de la imagen del Frente POLISARIO, profundamente arraigada en el imaginario colectivo.

Finalmente, es necesario subrayar que no existe una fórmula mágica ni un atajo para la liberación sin una voluntad sincera, firme y sostenida de los líderes y del pueblo en su conjunto, especialmente de las nuevas generaciones, para acortar el camino hacia la victoria. La voluntad, la perseverancia y la paciencia son factores capaces de alcanzar lo deseado. El problema no radica en lo que se ha logrado, sino en que seguimos avanzando sin rumbo, de manera errática, en un vacío estéril: la causa se mueve, pero no en la dirección adecuada. Transformar la situación comienza por transformar las mentes afectadas por el engaño sistemático, la vanidad, la ostentación y el sentimiento de superioridad basado en jerarquías o tribalismos. Cada uno de nosotros debe pensar y actuar como ciudadano de un país militarmente ocupado, y no como un mero espectador.

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