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19 enero 2026

Informe del Índice Anual del Terrorismo en la Región del Sahel – 2025

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Por Lehbib Abdelhay, investigador en asuntos de seguridad de la región del Sahel; Centro de Estudios Estratégicos de Defensa y Seguridad (CEDyS).


  • Los actores más importantes son la coalición Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM, por sus siglas en árabe), filial de al-Qaeda, y, en menor medida, la Provincia de Estado Islámico del Sahel (ISSP, por sus siglas en inglés).

Balance general

Entre enero y diciembre de 2025 se registraron aproximadamente 789 incidentes de seguridad que causaron la muerte de 13.000 personas en los países del Sahel central.

Los incidentes de seguridad denunciados, incluidos atentados terroristas y otros actos de violencia, adoptaron diversas formas: ataques perpetrados por el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM), operaciones llevadas a cabo por las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa) y atrocidades atribuidas al grupo Africa Corps, fuerza auxiliar ligada al aparato estatal ruso. Según informes locales e internacionales, las FAMa y sus aliados del Africa Corps están acusados de cometer graves violaciones contra civiles fulani, tuareg y árabes en varias regiones de Malí (Léré, Ségou, Tombuctú, Kayes y Mopti, entre otras).

Los conflictos, anteriormente separados en el Sahel y en la costa de África Occidental, se están fusionando en un único conflicto interconectado que previsiblemente se convertirá en un escenario central de competencia entre los grupos terroristas.

  • Del 1 de enero al 28 de diciembre de 2025: La violencia causó la muerte de más de 12.000 y 15.000 personas en los países del Sahel central.

  • Se registró el secuestro de 32 extranjeros: 24 en Malí y 8 en Níger, además del secuestro de un ciudadano español en el sur de Argelia, que fue rescatado antes de caer en manos del Estado Islámico en el Sahel (ISSP).

  • Se observó un aumento cercano al 48% en el número de incidentes de seguridad en Malí, en las zonas fronterizas con Mauritania y Senegal y en la región de Tombuctú, en comparación con los once primeros meses de 2024.

El Sahel ha vuelto a figurar en el mapa de la seguridad como una de las regiones donde se han perpetrado algunas de las peores masacres contra civiles. En 2025, “los grupos yihadistas armados intensificaron sus ataques en los países del Sahel central, amenazando la estabilidad y la seguridad de los regímenes militares en Malí, Níger y Burkina Faso”. Según los informes mensuales elaborados por el Centro de Estudios Estratégicos de Defensa y Seguridad (CEDyS), la violencia causó la muerte de más de 12.000 personas en Burkina Faso, Malí y Níger.

El año 2025 estuvo marcado por una escalada implacable de la inseguridad en el Sahel central, con más de 12.000 víctimas registradas entre el 30 de enero y el 1 de diciembre. La violencia se concentró de manera abrumadora en los países de la región de Liptako-Gourma —Burkina Faso, Malí y la República de Níger—, que en conjunto representaron aproximadamente el 88% del total de muertes registradas en el Sahel y África Occidental en 2025. Destacan la expansión geográfica del conflicto, la diversificación de los métodos de ataque, la evolución táctica de los grupos armados y el retroceso del control estatal, así como la capacidad profundamente arraigada de las organizaciones terroristas para adaptarse y perdurar.

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  1. Burkina Faso

Burkina Faso continuó siendo el epicentro de la violencia. Con más de 6.000 muertes (41,1 % del total), el país soportó la mayor carga de violencia terrorista en el Sahel. Los focos principales se situaron en la región de Boucle du Mouhoun (1.720 muertes), el Este (1.553) y el Centro-Este (680), con picos de violencia en marzo (743) y mayo (808). La persistencia de asesinatos masivos de civiles —incluidas denuncias de masacres atribuidas a las propias fuerzas del Estado— contribuyó a erosionar la confianza pública y a suscitar graves preocupaciones en materia de rendición de cuentas. Aunque se registró un descenso temporal en junio (367 muertes), el control territorial sostenido de los grupos armados y la debilidad de las estructuras de gobernanza hacen poco probable una desescalada duradera.

  1. Malí

Malí registró unas 5.500 muertes (36,7 %), reflejo de la persistente volatilidad en las regiones central y septentrional. Las muertes aumentaron de forma notable en mayo y junio (243 y 543, respectivamente). Este período estuvo marcado por un incremento de los bombardeos aéreos y ataques con drones, que causaron 118 víctimas mortales. La configuración actual del dispositivo de seguridad produjo avances tácticos a costa de la transparencia y de la protección de la población civil.

  1. Níger

Níger contabilizó unas 3.529 muertes (22,1 %), con aumentos significativos en enero (90), abril (81) y mayo (83), impulsados por incursiones yihadistas procedentes de Malí y Burkina Faso. Las regiones más afectadas fueron Tillabéri y Dosso: Tillabéri registró 1.050 muertes, mientras que Dosso contabilizó 350, incluido el ataque contra la mezquita de Fambita en abril, que causó la muerte de 44 fieles, lo que pone de manifiesto el ataque deliberado contra lugares de culto. El aislamiento político y el agotamiento de las fuerzas armadas continúan mermando la capacidad de respuesta del Estado.

Panorama regional, en cifras

A escala regional, los enfrentamientos armados (7.122 muertes) y los asesinatos selectivos (3.680) dominaron el patrón de violencia, mientras que los ataques aéreos y con drones (1.110 muertes) y los explosivos activados a distancia (358) incrementaron aún más el número de víctimas. Los patrones operativos apuntan a un modelo sostenido de guerra asimétrica basado en la movilidad transfronteriza, el control de espacios no gobernados y la explotación de redes de inteligencia débiles.

El año 2025 revela no solo la magnitud de la violencia, sino también su arraigo estratégico. Sin una coordinación regional sólida, un intercambio de inteligencia reforzado y mecanismos fiables de rendición de cuentas, 2026 corre el riesgo de profundizar la trampa de la inseguridad y de agravar la fragilidad estructural de la seguridad en África Occidental.

En 2025, los grupos yihadistas armados intensificaron sus ataques en el Sahel central, amenazando la estabilidad y la seguridad de los regímenes militares de la región. JNIM (afiliado a Al Qaeda) y Estado Islámico en la Provincia del Sahel (ISSP) consolidaron su influencia en amplias zonas de Malí, Burkina Faso y Níger, ampliando sus operaciones hacia las zonas fronterizas de Benín, Níger y Nigeria, con Níger como principal punto de partida.

La guerra económica como táctica principal de los grupos yihadistas

Como estrategia deliberada para paralizar la economía y presionar a los Estados de la región, la guerra económica (la yihad económica) se convirtió en una táctica destacada. En Malí, el JNIM impuso un amplio bloqueo al suministro de combustible y al transporte en las ciudades de Kayes y Nioro du Sahel, como parte de una serie de ataques coordinados que afectaron a Kayes, Sikasso, Koulikoro, Ségou y Mopti. El asedio interrumpió las rutas comerciales y de transporte que conectan Bamako con las regiones circundantes, provocando escasez de combustible y un fuerte aumento de los precios a nivel nacional. Estas acciones formaron parte de una operación de gran envergadura destinada a paralizar la economía, socavar la autoridad del Estado y desestabilizar al régimen militar. Como resultado de las operaciones del grupo y de las contraofensivas del ejército, los niveles de violencia en Kayes, Sikasso y Ségou alcanzaron sus cifras mensuales más altas.

En Burkina Faso, JNIM continuó atacando al ejército y a las milicias de los “Voluntarios para la Defensa de la Patria”. En mayo, el grupo tomó brevemente el control de las capitales provinciales de Djibo y Diapaga, lo que evidenció un cambio radical en sus capacidades militares. En septiembre, llevó a cabo una emboscada devastadora contra un convoy militar cerca de Koubel-Alpha, en la provincia de Soum, que causó la muerte de alrededor de 90 soldados, en uno de los ataques más letales contra las fuerzas armadas durante todo 2025. Los ataques en Malí y Burkina Faso confirman el fortalecimiento de las capacidades militares del grupo y su clara determinación de desestabilizar a los regímenes militares mediante el debilitamiento de la autoridad estatal, el control territorial y la interrupción de las economías y de las principales rutas de tránsito.

Níger, por su parte, no experimentó el mismo nivel de violencia que sus vecinos de la AES, pero se volvió cada vez más vulnerable a la actividad de los grupos armados. La violencia se extendió más allá de los focos tradicionales, penetrando en las regiones meridionales de Dosso y en el norte de Agadez. Al igual que JNIM, Estado Islámico en la Provincia del Sahel adoptó su propia estrategia de guerra económica, intensificando los ataques contra el oleoducto Benín–Níger en las regiones de Dosso y Tahoua, a lo largo de la frontera con Nigeria. El secuestro de un ciudadano estadounidense en Niamey el 21 de octubre puso de manifiesto la creciente fragilidad del país y evidenció que la actividad armada ha alcanzado centros urbanos que antes se consideraban relativamente seguros.

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Campañas de secuestro de rehenes

JNIM y Estado Islámico en la Provincia del Sahel lanzaron campañas sistemáticas de secuestro de extranjeros, lo que dio lugar a cifras récord en Malí y Níger: 32 extranjeros secuestrados (24 en Malí y 8 en Níger), además del secuestro de un ciudadano español en el sur de Argelia, rescatado antes de ser trasladado a Estado Islámico en el Sahel. JNIM centró sus secuestros principalmente en trabajadores extranjeros como parte de su estrategia de guerra económica, atacando instalaciones industriales, minas y rutas de tránsito. Estado Islámico – Provincia del Sahel adoptó un enfoque distinto, atacando tanto a ciudadanos occidentales como a trabajadores extranjeros. La mayoría de los secuestros se produjeron en Níger, con incidentes adicionales en las zonas fronterizas con Burkina Faso y Argelia. Estas operaciones reflejan un giro hacia la toma de rehenes occidentales de alto valor y el uso de redes criminales para ejecutar los secuestros.

«Malí: récord histórico de secuestros de extranjeros por parte de grupos yihadistas»

En Malí, el número de extranjeros secuestrados por grupos yihadistas alcanzó un nivel sin precedentes. El Centro de Estudios Estratégicos de Defensa y Seguridad (CEDyS), organización no gubernamental, que supervisa la violencia en el Sahel y el norte de África, revela que al menos 24 extranjeros fueron secuestrados por el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes, afiliado a Al Qaeda, durante los últimos seis meses. Este sombrío récord pone de relieve la gravedad de la situación de seguridad en el país y la estrategia adoptada por los grupos yihadistas.

Durante la segunda mitad de 2025, JNIM secuestró a ciudadanos chinos, indios, egipcios, emiratíes, iraníes, serbios, croatas y bosnios. Algunos de ellos fueron liberados posteriormente. No hay información suficientemente precisa y verificada para proporcionar cifras exactas sobre las liberaciones, lo que afecta especialmente a los casos de ciudadanos chinos e indios. Sin embargo; según fuentes no oficiales, China está a punto de cerrar un acuerdo con JNIM para la liberación de 18 chinos secuestrados en Malí.

Los secuestros se produjeron mayoritariamente en zonas industriales o mineras del sur de Malí. El pago de rescates ha constituido sistemáticamente una fuente clave de financiación para los grupos yihadistas. (Reuters) A finales de octubre, Emiratos  Árabes Unidos pagó al menos 50 millones de dólares al JNIM —otra cifra récord— para lograr la liberación de un rehén emiratí y de sus acompañantes. En el mismo contexto, un ciudadano pakistaní y otro indio fueron secuestrados y liberados junto con el general emiratí.

Estado Islámico en el Sahel, con base en Ménaka y considerado un rival directo de JNIM, está presente en Malí, pero no ha secuestrado a ningún extranjero dentro del territorio maliense. Sin embargo, en los últimos meses, el grupo secuestró a 12 extranjeros en Níger y Burkina Faso, y a uno en Argelia.

La expansión del terrorismo hacia la costa de África Occidental

Uno de los principales acontecimientos que configurarán el panorama de 2026 es la consolidación de una nueva línea de frente en las zonas fronterizas entre Benín, Níger, Nigeria, Mauritania y Malí, que han adquirido una importancia estratégica creciente para los grupos armados del Sahel y de Nigeria según investigaciones de ACLED.

A lo largo de 2025, JNIM y Estado Islámico – Provincia del Sahel reforzaron su presencia en la región del triángulo fronterizo, transformándola en un foco de conflicto con repercusiones tanto para el Sahel como para la costa de África Occidental. El norte de Benín vivió su año más sangriento, después de que JNIM intensificara en abril las operaciones transfronterizas desde el este de Burkina Faso, causando la muerte de más de 50 soldados. A mediados de año, el grupo avanzó hacia el sur, en dirección a la región de Borgou a lo largo de la frontera con Nigeria, superando las zonas tradicionalmente afectadas de Atacora y Alibori. A finales de octubre, el grupo reivindicó su primer ataque en territorio nigeriano.

Al mismo tiempo, Estado Islámico – Provincia del Sahel consolidó su presencia en el suroeste de Níger, acercándose a la ciudad fronteriza de Gaya, y mantuvo sus operaciones en los estados nigerianos de Sokoto y Kebbi. En las zonas fronterizas entre Níger y Nigeria, atacó aldeas, puestos de seguridad y patrullas militares, y destruyó infraestructuras críticas. Ambos grupos han afianzado ahora su presencia en el noroeste y el oeste de Nigeria partiendo de bases en Níger.

El creciente acercamiento entre los grupos terroristas del Sahel y de Nigeria constituye un punto de inflexión, ya que los teatros de operaciones saheliano y nigeriano, antes separados, se están integrando progresivamente en un único entorno de conflicto interconectado que se extiende desde Malí hasta el oeste de Nigeria. Es probable que esta subregión se convierta este año en un escenario central de competencia entre los grupos armados. En estas zonas fronterizas interactúan de manera creciente JNIM, Estado Islámico – Provincia del Sahel, Ansaru, Mahmouda, facciones de Estado Islámico en África Occidental y grupos criminales, lo que podría dar lugar a nuevas dinámicas, interacciones más complejas y patrones emergentes de violencia.

Mientras esta expansión en el triángulo fronterizo de Liptako-Gourma redefine la línea sur del frente del conflicto saheliano, los regímenes militares del Sahel central se enfrentan a presiones internas y externas cada vez mayores. En Malí y Burkina Faso, los ataques persistentes y los asedios del JNIM han debilitado el control del Estado y expuesto profundas fragilidades estructurales. En Malí, el bloqueo prolongado del combustible y del transporte continúa dañando la economía y la circulación de bienes y personas, agravando el sufrimiento de la población civil y erosionando la legitimidad del régimen. Una disrupción prolongada podría profundizar las divisiones dentro de las fuerzas armadas y desencadenar disturbios difíciles de contener por las autoridades.

Burkina Faso afronta desafíos similares. Años de desgaste han debilitado al ejército y a los “Voluntarios para la Defensa de la Patria”. La capacidad de JNIM de tomar temporalmente el control de ciudades clave evidencia su evolución estratégica y táctica, así como su potencial para amenazar capitales regionales como Fada N’Gourma, en el este del país, ante la incapacidad del Estado para defender las capitales provinciales y regionales. Las pérdidas militares continuas y la pérdida de territorio podrían generar presiones internas y tentativas golpistas similares a las que derrocaron a gobiernos anteriores.

En todo el Sahel central, la autoridad del Estado continúa erosionándose pese a las promesas de los consejos militares de restablecer la seguridad. JNIM y Estado Islámico – Provincia del Sahel se disputan el control de vastas zonas rurales, donde imponen su propio orden social, recaudan impuestos y restringen el acceso a los medios de subsistencia. Su influencia se extiende cada vez más a pueblos importantes que anteriormente se consideraban relativamente alejados de la actividad yihadista. Las incursiones del grupo en Ayorou y Tillabéri, junto con operaciones en Niamey, demuestran que ningún núcleo urbano está fuera de su alcance.

Las milicias locales de autodefensa, esenciales para la lucha antiterrorista en las zonas rurales, se encuentran sometidas a una presión sin precedentes. En Malí, numerosas milicias Dozo han sido desarmadas o forzadas a firmar acuerdos con JNIM, dejando a comunidades enteras sometidas a arreglos de seguridad y económicos impuestos por los terroristas. En Burkina Faso, los “Voluntarios para la Defensa de la Patria” han sufrido pérdidas significativas y se encuentran mayoritariamente a la defensiva, lo que limita la capacidad del Estado para mantener o recuperar el control territorial. Con el debilitamiento de estos grupos, es probable que los actores armados amplíen aún más su dominio. En la región de Ménaka, el Movimiento para la Salvación del Azawad, liderado por Moussa Ag Acharatoumane, continúa combatiendo junto al ejército maliense contra Estado Islámico (ISSP), logrando avances militares relevantes.

Un claro revés para la alianza militar rusa con los Estados del Sahel (AES)

La alianza militar rusa con los países del Sahel ha arrojado resultados limitados, por no decir nulos. La sustitución del grupo Wagner por el denominado “Africa Corps” dejó amplias zonas sin protección, debido al alcance limitado de este último y a su incapacidad para frenar el avance de los grupos terroristas. No obstante, hacia finales de año, el papel del Africa Corps se centró cada vez más en asegurar convoyes de combustible y las principales rutas de suministro en el sur de Malí, donde el asedio del JNIM comenzó a perder impulso. Es probable que la alianza militar siga siendo relevante en 2026, proporcionando apoyo logístico y aéreo clave para ayudar a la junta militar a mantener el control de las rutas estratégicas y de los principales centros urbanos, a pesar de los persistentes desafíos de seguridad.

La combinación de la presión terrorista continua, el debilitamiento de las milicias locales y el declive de la capacidad y la legitimidad de la junta militar incrementa el riesgo de desestabilización política en el Sahel central. Si las juntas militares de Malí o Burkina Faso colapsan como resultado de divisiones internas o del descontento popular, podría producirse un efecto dominó regional que sitúe a los países vecinos en una situación de seguridad aún más frágil. De mantenerse las dinámicas actuales, 2026 podría traer consigo una mayor inestabilidad política y una fragmentación territorial más profunda en el Sahel central y a lo largo de sus fronteras meridionales.

La actividad yihadista en el Magreb y la región del Sahel, diciembre de 2025

La actividad terrorista en el norte de África

Durante 2025, el norte de África ha consolidado por segundo año consecutivo una situación de ausencia de atentados terroristas letales, reflejo de la eficacia de las políticas antiterroristas y de la cooperación regional e internacional. Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania, además de las autoridades saharauis han mantenido una vigilancia sostenida que ha permitido neutralizar de forma preventiva redes yihadistas residuales vinculadas a Estado Islámico (ISIS) y Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Aunque AQMI y EI mantienen una actividad limitada y fragmentada, especialmente en áreas fronterizas y como rutas de tránsito hacia el Sahel, sus capacidades operativas han sido contenidas mediante detenciones, rendiciones voluntarias, incautaciones de armas y desarticulación de células.

Argelia destaca por su elevada estabilidad interna, apoyada en un fuerte despliegue militar en el sur, programas de desradicalización y una respuesta rápida ante intentos de infiltración. Marruecos y Libia también han registrado operaciones exitosas contra células de EI, mientras que Túnez mantiene focos de baja intensidad.

Pese a la mejora del entorno securitario interno, la principal amenaza para la región procede del Sahel, donde la expansión del terrorismo, la porosidad fronteriza y la hibridación con el crimen organizado generan riesgos de contagio. Las tensiones diplomáticas entre Argelia y Mali, así como la fragilidad política libia y la presión sobre Mauritania, evidencian que la estabilidad regional depende en gran medida de la evolución del conflicto saheliano.

En conclusión, 2025 confirma una estabilidad operativa sostenida frente al terrorismo en el norte de África, basada en vigilancia intensiva y cooperación internacional, aunque persisten desafíos estructurales como la radicalización digital, el retorno de combatientes extranjeros y la inestabilidad crónica del entorno saheliano, con potencial impacto regional y europeo.

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