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26 agosto 2026

Argelia y Malí: cuando la geografía vence a la ruptura

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Por Hussein Lensari

De una ruptura que duró 14 meses a una esperada visita histórica: ¿cómo han reconstruido ambos países sus puentes?

Madrid (ECS) — A lo largo de más de 1.300 kilómetros de frontera común, las relaciones entre Argelia y Malí han sido durante años un ejemplo de vecindad compleja, marcada por un legado histórico entrelazado y por intereses de seguridad que se cruzan. Sin embargo, lo ocurrido entre estos dos países vecinos durante los últimos dos años no fue simplemente una disputa pasajera dentro de una larga trayectoria de cooperación, sino un peligroso desplazamiento que amenazó con convertir a dos socios estratégicos en acérrimos adversarios.

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Hoy, la brújula de las relaciones vuelve a apuntar hacia su dirección natural, con la cautela propia de unas heridas que aún no han cicatrizado del todo y con la esperanza depositada en la esperada visita oficial del presidente de transición de Malí, Assimi Goïta, a Argelia.

La ruptura, que alcanzó su punto culminante en abril de 2025, no surgió de un momento aislado, sino que fue la culminación de una escalada que había comenzado meses antes.

La decisión de las autoridades malienses de poner fin al «Acuerdo de Paz y Reconciliación», surgido del proceso de Argel y firmado en la capital argelina en 2015, supuso un duro golpe para un proceso político que Argelia había patrocinado durante años. En los círculos diplomáticos argelinos se consideró un retroceso respecto de los compromisos asumidos por Bamako y un desperdicio de años de esfuerzos.

Pero la chispa que convirtió la disputa en una crisis abierta fue el incidente del derribo de un dron maliense que penetró en el espacio aéreo argelino en abril de 2025, seguido de medidas de escalada recíprocas, entre ellas la llamada a consultas de los embajadores y el cierre de los espacios aéreos por ambas partes. Las relaciones entre los dos países entraron así en uno de los períodos de mayor enfriamiento diplomático de la historia reciente de la región.

Lo llamativo de esta crisis es que no quedó confinada a los pasillos diplomáticos, sino que llegó a los foros internacionales y al discurso político público. Abdullah Maïga, entonces ministro del Interior y portavoz del Gobierno, fue uno de los principales responsables de las duras críticas dirigidas contra Argelia. Hoy, sin embargo, como primer ministro, es precisamente él quien lleva el mensaje de reconciliación al palacio presidencial de Argel.

Señales de distensión: ¿pragmatismo o necesidad?

El 10 de julio de 2026, Argelia y Malí anunciaron por separado el regreso de sus respectivos embajadores a sus puestos y la reapertura de sus espacios aéreos a los vuelos entre ambos países. En un comunicado, el Gobierno maliense señaló que la decisión se producía «en el marco de la reactivación de las relaciones de cooperación y amistad entre Malí y Argelia». Por su parte, el Ministerio de Asuntos Exteriores argelino confirmó que el presidente Abdelmadjid Tebboune había ordenado el regreso del embajador «con el fin de restablecer las relaciones argelino-malienses en su trayectoria histórica y natural».

Sin embargo, detrás de las fórmulas diplomáticas de cortesía había cálculos más profundos. Argelia, que mantuvo abierto el tono de su discurso político a cualquier interacción positiva con Bamako durante toda la crisis, no aprovechó la dramática situación de seguridad que atravesaba Malí. Esta postura transmitió a las autoridades de Mali un mensaje tranquilizador: Argelia no tenía intención alguna de desestabilizar el país y sus diferencias con Bamako no llegaban al punto de amenazar la seguridad de su vecino.

Por su parte, Malí era consciente de que prolongar el conflicto con un país clave como Argelia podía acelerar su deriva política y de seguridad. Las sacudidas que sufrió el país en materia de seguridad, tanto en la capital, Bamako, como en las regiones del norte —Azawad—, llevaron a las autoridades a revisar sus posiciones. Mantener el enfrentamiento con un vecino con el que comparte más de 1.300 kilómetros de frontera contradecía las inevitables realidades de la geopolítica.

En este contexto, resultó significativo que el presidente argelino Abdelmadjid Tebboune se esforzara en señalar que el presidente de transición, el general Assimi Goïta, no había pronunciado discursos ofensivos contra Argelia. Era una señal del deseo argelino de reconstruir la relación sobre la base del respeto mutuo y no de una lógica de subordinación.

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La visita de Maïga: diplomacia de mensajes cruzados

En la mañana del 24 de agosto de 2026, el avión del primer ministro maliense, Abdullah Maïga, aterrizó en el aeropuerto internacional Houari Boumediene de Argel, al frente de una delegación de alto nivel integrada por el ministro de Asuntos Exteriores y el director de los servicios de inteligencia. Fue recibido por su homólogo argelino, Sifi Ghrieb, acompañado por el ministro de Estado y ministro de Asuntos Exteriores, Ahmed Attaf, y por el ministro de Energía, Mohamed Arkab, en una recepción que reflejaba la importancia de la visita y sus dimensiones estratégicas.

Pero la etapa más importante tuvo lugar en el Palacio Presidencial, donde el presidente Abdelmadjid Tebboune recibió al jefe del Gobierno maliense. Maïga llevaba consigo una carta del presidente de transición, Assimi Goïta, en la que expresaba su agradecimiento por la invitación que Tebboune le había extendido para realizar una visita oficial a Argelia, considerándola «una muestra de afecto y estima hacia su persona, así como hacia el hermano pueblo maliense».

En un desarrollo diplomático de gran importancia, Maïga anunció que Goïta «había expresado su aceptación de realizar una visita oficial a Argelia», cuyo calendario será fijado posteriormente a través de los canales diplomáticos habituales. Si finalmente se produce, esta visita supondrá la culminación del proceso de reconciliación y una confirmación de la voluntad de ambos países de construir relaciones sólidas al más alto nivel.

Las declaraciones de Maïga no fueron simples cortesías protocolarias, sino que contenían profundos mensajes políticos. Afirmó que «Argelia y Malí comparten, al mismo tiempo, la geografía», citando una declaración del presidente Tebboune según la cual «no podemos cambiar nuestra realidad geográfica ni marcharnos lejos». Estas palabras resumen la nueva filosofía de las relaciones entre ambos países: aceptar la geografía como una realidad inevitable de la que no se puede escapar y convertirla en una base para la cooperación en lugar de una fuente de tensión.

Maïga tampoco dudó en invocar la historia compartida, considerando que esta «constituye un patrimonio y un punto de partida para emprender el camino hacia la modernidad y el progreso».

Entre bastidores: los cálculos de ambas partes

Detrás de este aparente acercamiento se mueven cálculos complejos. Desde la perspectiva argelina, la apertura hacia Malí no era una opción táctica, sino estratégica. Argelia, que durante la crisis trabajó para reforzar sus relaciones con otros países vecinos —especialmente Níger, cuyo presidente, Abdourahamane Tchiani, visitó Argelia—, estaba enviando indirectamente a Bamako el mensaje de que sus opciones diplomáticas seguían abiertas y de que el aislamiento no beneficiaba a nadie.

Además, la recuperación de las relaciones con Malí encaja en el deseo de Argelia de reajustar su influencia en la región del Sahel, ante el temor de que el vacío diplomático facilite la expansión de otras potencias regionales o internacionales. En los últimos años, el Sahel se ha convertido en un escenario de creciente competencia regional e internacional, y Argelia, como potencia regional, no quiere permanecer ausente de un espacio que forma parte de su posición histórica y geográfica.

Desde la perspectiva maliense, el regreso a Argelia era una necesidad de seguridad y geográfica antes que una opción política. Malí, que afronta enormes desafíos de seguridad, no puede permitirse mantener la hostilidad con su vecino del norte, con el que comparte más de 1.300 kilómetros de frontera en una zona donde operan grupos armados. Asimismo, la continuidad de la ruptura significaba perder a un socio estratégico en ámbitos vitales, desde la energía y la seguridad hasta las infraestructuras.

Perspectivas para la próxima etapa

La esperada visita del presidente Assimi Goïta a Argelia representa una etapa política decisiva para consolidar la reconciliación al más alto nivel. Se espera que las conversaciones aborden cuestiones sensibles en materia de seguridad y economía, especialmente la reactivación de la cooperación en el sector de los hidrocarburos y la finalización del proyecto de la Carretera Transahariana, que atraviesa Malí.

Sin embargo, superar oficialmente la ruptura no significa necesariamente que hayan desaparecido todos los puntos de desacuerdo. Argelia aspira a recuperar su papel como mediador activo en la región de Azawad, en el norte de Malí, más de dos años después de la suspensión del Acuerdo de Paz de Argel. Esta aspiración podría chocar con unas posiciones malienses que siguen siendo cautelosas respecto a cualquier papel directo de Argelia en los asuntos internos del país.

Quizá la frase de Maïga durante su discurso en el Palacio de El Mouradia«Quiero recordar la posición de Su Excelencia el presidente Abdelmadjid Tebboune, pues creo que volvió a confirmar que Argelia nunca intervendrá en los asuntos internos de nuestro país»— no fuera simplemente una aclaración diplomática, sino también un mensaje dirigido al interior de Malí, concretamente a quienes critican su cambio de discurso después de su anterior enfrentamiento con Argelia en Naciones Unidas.

Maïga, un político de discurso populista, quiso transmitir a sus seguidores que no había renunciado a los principios de soberanía nacional y que su acercamiento a Argelia no significaba aceptar ningún tipo de tutela, sino adoptar una posición táctica impuesta por la geografía y los intereses comunes.

Entre unos y otros, el expediente de la reconciliación en Malí y la mediación destinada a poner fin a los enfrentamientos entre el Gobierno de Bamako y los movimientos de Azawad sigue siendo probablemente el principal asunto que podría impedir el cierre definitivo de la página del conflicto entre Argelia y Malí.

Argelia, que patrocinó el acuerdo de 2015 durante años, considera que la solución sostenible pasa por recuperar el espíritu de aquel acuerdo y activar sus disposiciones, defendiendo que el diálogo y la paz son el único camino para poner fin a la crisis en el norte de Malí.

Por el contrario, el Gobierno maliense considera que la situación sobre el terreno ha cambiado radicalmente. Intenta resolver la cuestión mediante la vía militar y sostiene que cualquier nuevo acuerdo debe surgir desde el interior del país y estar exclusivamente bajo el patrocinio del Estado maliense, sin tutela exterior directa. Esta postura refleja una enorme sensibilidad ante cualquier papel argelino que pueda interpretarse como una injerencia en los asuntos internos.

No obstante, podrían aparecer señales de acercamiento mediante una fórmula de consenso que combine ambas posiciones: recuperar las disposiciones del Acuerdo de Argel como referencia fundamental, pero hacerlo mediante negociaciones internas malienses bajo la supervisión de Bamako y con asistencia argelina y africana en calidad de garantes.

Esta fórmula podría constituir un punto intermedio capaz de preservar el papel histórico de Argelia como mediador y, al mismo tiempo, responder a la exigencia de Bamako de mantener las riendas de sus asuntos internos. Esto podría allanar el camino hacia un acuerdo global que permita reconstruir la confianza entre ambas partes y convertir la reconciliación nacional en Malí en un puente para el acercamiento regional, en lugar de una fuente de enfrentamiento.

Por supuesto, esto también podría chocar con la voluntad del Frente de Liberación de Azawad, que responsabiliza al Gobierno de Goïta de lo sucedido tras su decisión de poner fin a los acuerdos y compromisos, así como de recurrir a una fuerza extranjera para imponer la situación mediante la guerra.

Aun así, lo conseguido hasta ahora constituye una transformación importante. Desde una ruptura que duró 14 meses, pasando por el regreso de los embajadores y la reapertura del espacio aéreo, hasta la visita del primer ministro y la esperada visita presidencial, parece que ambos países han elegido el camino del diálogo frente al de la escalada.

La lección de la geografía

Esta crisis deja varias lecciones. La primera es que la geografía es una realidad inevitable de la que no se puede escapar, como señaló sabiamente el presidente Tebboune. La segunda es que el diálogo, por larga que sea la ruptura, sigue siendo la opción más racional en las relaciones entre países vecinos. Y la tercera es que los intereses comunes, si ambas partes saben identificarlos adecuadamente, pueden transformarse de una fuente de competencia en una base para la cooperación.

Siguen abiertas las preguntas sobre la capacidad de ambas partes para superar las profundas raíces del conflicto, pese a los obstáculos. Pero lo que parece claro es que la geografía, la historia y los intereses compartidos constituyen factores de presión positiva que empujan hacia la consolidación de este proceso y hacia la recuperación de las relaciones bilaterales en su cauce natural. Porque, al fin y al cabo, Argelia y Malí no podían elegir a sus vecinos, pero sí pueden elegir cómo vivir juntos.

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