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28 junio 2026

El último triunfo del colonialismo

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Por Ahmed Omar | Campamentos de refugiados saharauis

Hay pueblos que pierden una guerra. Hay pueblos que pierden una tierra. Y hay pueblos que llegan a perder algo más grave: la claridad sobre quién los destruyó, quién los traicionó y qué significa realmente ser libres.

El Sáhara Occidental está entrando en esa zona peligrosa de la historia donde las tragedias ya no se miden solo por lo que hizo el enemigo, sino por lo que la víctima empieza a considerar aceptable.

Por eso el debate sobre la nacionalidad española para los saharauis no es un simple debate jurídico, ni una cuestión humanitaria, ni una discusión administrativa sobre pasaportes. Es un síntoma. Y los síntomas, cuando aparecen en pueblos heridos, suelen decir más que los discursos oficiales.

La escena es brutal: el último territorio africano pendiente de descolonización, inscrito todavía en la agenda de las Naciones Unidas, llega a un punto en el que una parte de su pueblo discute cómo acceder a la nacionalidad del Estado que nunca culminó su descolonización.

No hay manera elegante de decirlo.

España no es el “antiguo poder colonial” del Sáhara Occidental. Esa expresión es una coartada moral. Convierte una responsabilidad viva en un recuerdo incómodo. España no pertenece al pasado del problema saharaui. España está en su centro jurídico actual.

Porque el Sáhara Occidental no sigue en la agenda internacional por nostalgia colonial. Sigue ahí porque su descolonización no se ha completado. Y si la descolonización no se completó, alguien sigue siendo responsable de no haberla completado.

Ese alguien es España.

Marruecos ocupa, reprime, explota y administra de facto una parte del territorio. Pero Marruecos no inventó por sí solo el vacío que permitió la tragedia. Marruecos opera dentro de una arquitectura que España dejó abierta. Es el brazo visible de una herida cuya llave jurídica sigue en Madrid.

Por eso la narrativa española es tan eficaz como indecente. España ha logrado presentarse como amiga, mediadora, donante, vecina preocupada, país solidario, sociedad civil sensible. Todo, menos lo que realmente es: el Estado que nunca cerró la descolonización de su última responsabilidad africana.

Y ahora aparece el pasaporte.

El pasaporte como alivio.

El pasaporte como reparación simbólica.

El pasaporte como salida individual.

El pasaporte como anestesia.

Pero un pasaporte no descoloniza un territorio. No devuelve una tierra. No resuelve una soberanía. No repara medio siglo de exilio. No libera a los presos. No hace aparecer a los desaparecidos. No convierte una injusticia colectiva en justicia porque algunos individuos consigan cruzar mejor las fronteras.

Ahí está la trampa más sofisticada: transformar una causa nacional en un expediente de extranjería.

Convertir a un pueblo en una suma de solicitantes. Convertir la autodeterminación en movilidad. Convertir la libertad en documentación.

Y aquí empieza la parte más dura, porque la responsabilidad de España no nos absuelve a los saharauis de nuestra propia decadencia estratégica.

Un pueblo puede ser abandonado por el mundo. Puede ser traicionado por sus aliados. Puede ser ocupado por la fuerza. Puede ser silenciado por los medios. Todo eso ha ocurrido. Pero hay una derrota que ningún enemigo puede imponer desde fuera: la derrota de empezar a pedir menos de lo que la propia historia exige.

Durante décadas, el saharaui fue presentado como sujeto de liberación. Hoy corre el riesgo de ser presentado como sujeto vulnerable. Antes reclamaba un Estado. Ahora muchos parecen celebrar la posibilidad de recibir una nacionalidad. Antes el centro era la tierra. Ahora el centro es la salida individual. Antes la pregunta era cómo volver. Ahora la pregunta empieza a ser cómo irse mejor.

Eso no es pragmatismo. Es una mutación profunda de la conciencia política.

Y las mutaciones de conciencia son más peligrosas que las derrotas militares.

Porque cuando un pueblo empieza a confundir supervivencia individual con victoria nacional, la ocupación ya no necesita ganar todas las batallas. Le basta con esperar.

España lo sabe. Marruecos lo sabe. El mundo lo sabe.

Un pueblo cansado negocia consigo mismo antes de negociar con su adversario. Empieza reduciendo sus expectativas. Luego llama realismo a la renuncia. Después llama solución a lo que antes habría considerado humillación. Y al final descubre que no fue derrotado por una decisión internacional, sino por la lenta erosión de su propia ambición histórica.

La nacionalidad española puede beneficiar a individuos. Puede facilitar vidas. Puede abrir oportunidades. Nadie tiene derecho a despreciar el sufrimiento concreto de quienes necesitan documentos, estabilidad o movimiento. Pero una nación que no distingue entre aliviar a sus individuos y preservar su causa está entrando en una zona de enorme peligro.

Porque los pueblos no desaparecen solamente cuando los exterminan.

También desaparecen cuando aceptan ser administrados como problema humanitario en lugar de ser reconocidos como sujeto político.

España debe ser confrontada no con gratitud, sino con responsabilidad. No se le debe pedir una nacionalidad como favor, sino exigirle una descolonización como obligación. Y los saharauis debemos preguntarnos, sin romanticismo y sin miedo, cómo hemos llegado a este punto: cómo un pueblo que nació políticamente contra la dominación española puede terminar discutiendo su salvación en términos de ciudadanía española.

Esa es la pregunta que duele.

No porque sea emocional.

Sino porque es exacta.

Si el pueblo saharaui luchó para no ser español, si construyó su identidad política contra la administración colonial española, si su memoria nacional está marcada por desaparecidos, represión, abandono y descolonización frustrada, ¿qué significa que hoy una parte de sus hijos mire hacia Madrid no como responsable, sino como refugio?

La respuesta no puede ser cómoda.

Significa que el exilio ha agotado a muchos.

Significa que la ocupación ha producido sus efectos.

Significa que la diplomacia española ha conseguido desplazar el centro moral del debate.

Significa que la causa saharaui corre el riesgo de convertirse, ante los ojos del mundo, en una cuestión de integración individual y no de liberación colectiva.

Y ese sería, quizás, el triunfo más silencioso del colonialismo español: no haber convencido al mundo de que el Sáhara Occidental dejó de existir, sino haber empujado a parte de los propios saharauis a actuar como si la libertad ya fuera demasiado pedir.

Dentro de varias décadas, los historiadores no recordarán los detalles técnicos de esta ley. Recordarán la imagen política que deja detrás: un pueblo pendiente de descolonización pidiendo papeles al Estado que no lo descolonizó.

Y tal vez esa imagen sea más devastadora que cualquier derrota militar.

Porque Marruecos puede ocupar la tierra.

Pero solo España podía dejar abierta la puerta de la tragedia.

Y solo los saharauis podemos cometer el error final: confundir la llave de una oficina de extranjería con la llave de la libertad.

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Nuestra campaña se centra en promover la justicia, la paz y los derechos humanos en el Sáhara Occidental. Creemos firmemente en la importancia de comprender el origen y la complejidad de este conflicto para poder abordarlo de manera efectiva y trabajar hacia una solución que respete los derechos y la dignidad de todas las partes involucradas.

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