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22 junio 2026

Sáhara Occidental | La ausencia de una «estrategia de diplomacia exterior» clara debilita la posición del Frente POLISARIO

La realidad es que la gestión diplomática ha sido tan paupérrima que hemos regresado a niveles de reconocimiento de los años 1976-1977 aunque con el mismo de grupo de líderes

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El desgaste de la acción diplomática saharaui en el nuevo orden internacional

EDITORIAL


Los ciudadanos saharauis tenemos derecho a saber lo que ha hecho el principal ministerio del gobierno de la República Saharaui desde la firma del alto el fuego; El Ministerio de Asuntos Exteriores, que se mantuvo personificado negligentemente durante casi cuatro décadas, y que debería haber sido el pilar para proyectar y fortalecer la legitimidad internacional de un Estado ocupado aún no reconocido por la ONU, ha perdido funciones orgánicas esenciales y le escasean otras sensibles. Al valorar aspectos relacionados con la política exterior que son decisivos para la independencia del pueblo saharaui, el estado actual refleja un serio retroceso en el posicionamiento internacional del movimiento de liberación así como el desmoronamiento del reconocimiento estatal, que se acentúa cada vez más debido a la permanencia de una dirigencia inamovible, que parece entender y aceptar la diplomacia como un archivo de comunicados, fotos protocolares y una vanidosa presencia en foros donde no influye nada.

Mohamed Yeslem Beissat, nuevo ministro de Asuntos Exteriores saharaui

Bloqueado por cuestiones tribales y sin renovarse, el actual MAE saharaui presenta claros indicios de una diplomacia esencialmente inexistente; predecible, simbólica, sin planificación ni incidencia real sobre el terreno, destacando la improvisación, el autoelogio y conflictos internos en su ministerio, lo que urge la necesidad de una refundación diplomática integral, de lo contrario, la legítima causa saharaui quedará arrinconada por la fuerza bruta y el asedio diplomático de Marruecos junto a la indiferencia de la comunidad internacional.

Aunque en política los resultados nunca son absolutos, cabe preguntarse si es normal no tener jamás un resultado positivo. Lo que alguna vez fue una diplomacia activa, militante, reconocida y admirada por decenas de países en Europa, África y América Latina, hoy ha quedado reducido a un Ministerio descontrolado, desorientado y completamente desarticulado, sin tareas concretas, quedándose anclado en rutinas tales como programar caravanas, gestionar estancias veraniegas, repescar comunicados oficiales, sin innovación ni proyección diplomática pese al «estado de guerra».

Siendo prerrogativa del presidente, la política exterior saharaui en los últimos años ha sido moldeada, en primer lugar, por el incumplimiento marroquí del Acuerdo de Paz de 1991 y, en segundo lugar, la incapacidad para conseguir más reconocimientos o, al menos, detener la sangría de retiradas.

Los intentos de influir en la posición de actores clave como por ejemplo Reino Unido y Canadá mediante la interacción con la sociedad civil fracasaron al no haber sido instrumentalizados políticamente por no saber salir del marco de ayuda humanitaria, lo que también explica su incapacidad por décadas en estructurar, reunir y mantener un frente de presión diplomático sostenido en África, Europa, Asia o en las Américas.

Dominados por una política de apariencias, pretenden transformar la mera participación en eventos multilaterales (por ejemplo; fotos en actos públicos con dirigentes o altos cargos políticos) en logros diplomáticos sustanciales, ignorando, deliberada o inadvertidamente, que ésa política de apariencias solo contribuye al autoengaño institucional y a la parálisis mortal en la que está hundido el Frente POLISARIO.

Pese a su falta de transparencia y nula rendición de cuentas, la inoperancia diplomática queda reflejada en una realidad bastante alarmante marcada por: Pérdida de aliados estratégicos; Desmoronamiento del reconocimiento internacional; Debilitamiento en organismos internacionales clave para el conflicto; Fracaso en la gestión diplomática de la Segunda Guerra; Caos en la gestión de la Diáspora, las Embajadas y representaciones en el exterior; Obstaculización y dilación de la reforma del cuerpo diplomático así como su estructura, funciones, discurso y narrativa, impidiendo adaptarse a la diplomacia moderna.

Pérdida de Aliados Estratégicos y Desmoronamiento del Reconocimiento Internacional


En un garrafal error táctico, el apoyo se basó en gran medida en abordar las oleadas de gobiernos de izquierda entre los años 1980 hasta el 2000. Tras la caída de la URSS, el acercamiento entre Argel y Rabat, y el cambio de panorama político global y nacional, muchos reconocimientos se evaporaron sin alternativa diplomática al quedar la lucha desafortunadamente vinculada a una ideología. En tanto es así, los reconocimientos diplomáticos experimentaron un fuerte declive en los últimos treinta años; de más de 80 países que le reconocían en la década de los 80-90 a apenas unos 29 en 2026.

A lo largo de los años 2000 y especialmente en la década de 2020, una serie de países retiraron su reconocimiento a la RASD bajo presión económica y diplomática de Marruecos y sus aliados, especialmente en África y América Latina. Los más de 87 reconocimientos que alguna vez se lograron no se tradujeron en alianzas estables, inversiones ni apoyo sostenido. No se logró capitalizar esos reconocimientos ni protegerlos. La diplomacia del Frente POLISARIO ha sido incapaz de revertir esta estampida diplomática, ni de anticipar los giros de posición de países como España Portugal, Panamá, Perú, República Dominicana y los países del Sahel.

Esta pasividad refleja no solo un agotamiento de recursos, sino una falta de visión estratégica para construir alianzas más allá del marco de solidaridad ideológica del siglo XX. Destituir al canciller por defecto de las últimas cuatro décadas por otro prominente miembro de la vieja guardia sin obtener beneficio o revitalización diplomática alguna, demuestra que tales gestos no fueron motivados por una genuina voluntad política para satisfacer las aspiraciones de cambio, sino más bien otras razones ajenas a la diplomacia, pues los resultados sobre el terreno son y siguen siendo inexistentes.

En todos los continentes la diplomacia saharaui vive un rampante estado regresivo, incluso en aquellas plazas que antaño eran pro-saharauis. No existe esfuerzo visible por consolidar o reconquistar apoyos diplomáticos clave, pues la mayoría de los países que renegaron lo hicieron sin una respuesta eficaz desde la RASD. Al carecer ésta de una política de retención o recuperación de aliados, su reconocimiento internacional está hoy reducido a un bloque residual de países mayoritariamente con escaso peso geopolítico, lo que debilita cualquier intento de presionar a Marruecos en organismos multilaterales, exponiéndose a su vez a seguir perdiendo parte de ellos dada su escasa influencia y fragilidad política.

Mientras Marruecos sigue imponiendo el hecho consumado estableciendo presencia extranjera y de sus aliados en el territorio ocupado para seguir implicando a terceros en su ocupación, no existe intención alguna en contrarrestar las inversiones económicas o la ilegal apertura de consulados en las ciudades saharauis, que, tristemente ya casi igualan en cifra a los reconocimientos internacionales de la RASD. La realidad es que la gestión diplomática ha sido tan paupérrima que hemos regresado a niveles de reconocimiento de los años 1976-1977 aunque con el mismo de grupo de líderes.

Personificación del Ministerio y fracaso en la renovación de la estructura diplomática


La longeva permanencia de un dirigente reafirma la rigidez y renuencia del Frente POLISARIO a reformarse aun cuando supone un serio peligro para el proyecto nacional, y por otro lado, explica las fallas estructurales del Ministerio, ya que aún sigue reinando el (legado) estado de estancamiento y ostentación diplomática que caracterizó parte de su periodo.

La actual etapa del MAE, si bien con éxitos escasos, ha ocasionado en el último año un deterioro generalizado y acelerado de la posición diplomática del movimiento; Su periodo estuvo marcado, internamente, por la ausencia de liderazgo efectivo, carencias ministeriales vitales, falta de transparencia y rendición de cuentas así como la incapacidad para renovar el cuerpo diplomático con cuadros técnicos y conflictos internos dentro de ese ministerio. Y externamente, fracasó en adaptar la diplomacia saharaui al nuevo orden mundial, incapacidad en mantener aliados y apoyos, debilitó el poder blando saharaui al no adecuarse al auge de las diplomacias digitales, económicas y culturales del siglo XXI, y una ineficiente gestión diplomática de la segunda guerra de liberación al no reorientar la Cancillería a las prioridades de guerra, contrastando radicalmente con su actitud durante la primera guerra.

En situación de guerra, la Cancillería de cualquier país enfrenta un contexto crítico en el que sus funciones tradicionales deben intensificarse pasando a adquirir un carácter crítico. Teniendo en cuenta que lucha en una guerra asimétrica, estas funciones adquieren de manera añadida un significado existencial.

Si la finalidad la ofensiva es la de ganar la batalla diplomática a Marruecos aprovechando la justicia de nuestro lado, la realidad nos deja claro que la elaboración, planificación y ejecución de dicha ofensiva debió hacerse de otra manera, comenzando en primer lugar con que el personal designado para llevar a efecto dicha ofensiva, no pareció haberse elegido atendiendo a los objetivos de la ofensiva diplomática.

No existe una jerarquía ministerial, en consecuencia no hay una cadena de mando donde se respeten las relaciones de autoridad entre los distintos niveles, pues los consejeros y asesores siguen fagocitando las tareas del canciller generando una especie de intrusismo. Los embajadores, representantes y delegados saharauis continúan operando en diversos países libremente como diplomáticos de la vieja escuela, sin mecanismos visibles de control, evaluación ni rendición de cuentas.

Por lo tanto, no se logrará ningún avance u objetivo con la actual concepción y estructuración del Ministerio de Asuntos Exteriores saharaui, que, siendo el más financiado, sorprende su carácter rudimentario; No existe, por ejemplo, un equipo de profesionales que conforme un Departamento de Prospectiva y Estrategia que se dedique a la elaboración de ideas, estrategias y programas de acción para cada continente y/o región. Carece dicho Ministerio de una Academia de Formación específicamente en los intereses saharauis y en cómo usar la causa saharaui como palanca diplomática, para así facilitar la renovación de personal formado y experimentado. Carece de un Departamento de Información que se encargue de la recopilación de inteligencia diplomática y estado de opinión de los países clave y potenciales aliados para desarrollar estrategias de penetración precisas. Carece también, dicho Ministerio, de una oficina central de elaboración, ejecución, seguimiento y modificación de la estrategia diplomática, de modo que se puedan guiar políticas exteriores eficaces.

Por lo tanto, si no revitaliza y redefine urgentemente su cuerpo, estructura, sus roles y su discurso, la cancillería saharaui continuará siendo un ministerio hueco sin capacidad operativa real.

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