El Ejército Popular de Liberación Saharaui reivindica nuevos ataques con cohetes y morteros contra posiciones marroquíes en un conflicto que Rabat intenta mantener fuera de la agenda internacional
Por Ahmed Zain
Madrid (ECS) — El conflicto del Sáhara Occidental continúa activo pese al silencio que rodea buena parte de sus operaciones militares. El Ejército Popular de Liberación Saharaui (ELPS) difundió este miércoles imágenes de nuevos ataques contra posiciones militares marroquíes desplegadas a lo largo del muro que divide el territorio saharaui.
Las imágenes muestran lanzamientos de cohetes desde vehículos ligeros y el empleo de morteros contra posiciones fortificadas. El Ministerio de Defensa de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) situó las operaciones en el sector de Um Dreiga, en la zona de Galab Al-Kamoun, y aseguró que los ataques provocaron daños y pérdidas entre las fuerzas marroquíes.
El alcance real de los daños no ha podido ser anunciado. Tampoco se han difundido imágenes concluyentes de impactos o bajas. Pero el episodio vuelve a poner de manifiesto una realidad que permanece fuera de buena parte de la agenda internacional: el alto el fuego de 1991 dejó de ser efectivo en noviembre de 2020 y desde entonces existe nuevamente una guerra entre Marruecos y el Frente Polisario.
Una guerra de desgaste frente a un ejército tecnológicamente superior
La estrategia saharaui se apoya fundamentalmente en ataques de hostigamiento contra posiciones militares, puestos avanzados y sectores del dispositivo defensivo marroquí.
Frente a ellos se encuentra una estructura militar considerablemente superior en medios convencionales. Marruecos dispone de una fuerza aérea moderna, artillería de largo alcance, drones israelíes, sistemas de vigilancia y una creciente arquitectura de defensa aérea respaldada por Washington y Tel Aviv.
«El desequilibrio tecnológico no significa, sin embargo, que el conflicto haya desaparecido.»
El Ejército saharaui mantiene una capacidad de ataque suficiente para conservar abierta la presión sobre las posiciones desplegadas junto al muro, obligando a Rabat a mantener efectivos, sensores, artillería y sistemas de vigilancia a lo largo de cientos de kilómetros de territorio desértico.
La guerra se ha convertido así en un enfrentamiento asimétrico: Marruecos apuesta por la superioridad tecnológica y el control territorial; el Polisario, por la movilidad, el conocimiento del terreno y una estrategia de desgaste destinada a impedir que la ocupación quede convertida en un hecho consumado sin contestación militar.
El muro marroquí, eje de la confrontación
El dispositivo marroquí constituye la principal infraestructura militar del conflicto.
La barrera defensiva, acompañada de campos de minas, posiciones fortificadas, radares y unidades militares de 120.000 soldados, atraviesa el Sáhara Occidental y separa las zonas bajo ocupación marroquí de aquellas situadas al este del muro y bajo control del Polisario.
Para Rabat, constituye la columna vertebral de su ocupación militar sobre el territorio. Para el Polisario, representa el símbolo material de una división que mantiene separado al pueblo saharaui y consolida una situación territorial que el Frente Polisario considera resultado de una ocupación.
Por ello, los ataques contra sectores del muro poseen también una dimensión política: pretenden demostrar que la cuestión saharaui no ha quedado resuelta mediante el control militar del territorio.
La respuesta marroquí se apoya cada vez más en drones israelíes
La evolución del conflicto ha coincidido con una profunda transformación de las capacidades militares marroquíes. Rabat ha incorporado en los últimos años una creciente flota de drones de vigilancia y ataque, junto a municiones de precisión y sistemas destinados a localizar objetivos a grandes distancias.
Esta transformación ha alterado las condiciones de la guerra en el desierto.
Las Fuerzas Armadas Reales pueden emplear UAV para realizar vigilancia persistente sobre amplias extensiones del territorio y ejecutar ataques contra objetivos detectados lejos de las principales posiciones militares.
El resultado es una guerra en la que la tecnología desempeña un papel cada vez más determinante y en la que las fuerzas saharauis afrontan una capacidad de vigilancia y ataque muy superior a la disponible durante las primeras décadas del conflicto.
Israel, nuevo proveedor estratégico de Rabat. Washington refuerza el eje militar con Marruecos
La transformación militar marroquí tiene además un componente que resulta imposible ignorar: Israel se ha convertido en uno de los principales proveedores de tecnología militar avanzada de Marruecos.
Desde el restablecimiento de las relaciones entre Rabat y Tel Aviv, ambos han multiplicado su cooperación en materia de defensa.
Marruecos ha adquirido sistemas israelíes de defensa aérea, guerra electrónica, artillería, municiones merodeadoras, drones y capacidades de inteligencia. Entre las operaciones más relevantes se encuentra la adquisición de dos satélites de reconocimiento Ofek-13, en un acuerdo valorado en torno a 1.000 millones de dólares.
A ello se suma el sistema de defensa aérea Barak MX, los lanzadores múltiples PULS, sistemas de artillería ATMOS 2000, capacidades de guerra electrónica y diferentes familias de UAV y municiones merodeadoras.
La cooperación ha entrado además en una nueva fase con proyectos de fabricación de drones y sistemas militares israelíes dentro de territorio marroquí. Para el Polisario, esta evolución supone un cambio cualitativo en las capacidades del adversario al que se enfrenta.
El otro gran actor exterior es Estados Unidos.
Washington considera a Marruecos un socio estratégico en el norte de África y ha mantenido una intensa cooperación militar con las Fuerzas Armadas Reales.
La relación incluye ejercicios conjuntos, formación, interoperabilidad y suministro de equipamiento militar estadounidense.
La posición política estadounidense respecto al Sáhara Occidental constituye además uno de los elementos centrales del nuevo equilibrio regional.
El respaldo de Washington a la posición marroquí ha reforzado diplomáticamente a Rabat al mismo tiempo que Marruecos incrementaba sus capacidades militares.
De esta manera, el conflicto saharaui ya no puede analizarse únicamente como una confrontación entre Marruecos y el Frente Polisario. La modernización militar marroquí se encuentra integrada en una red estratégica mucho más amplia, en la que Washington aporta respaldo político y cooperación militar e Israel proporciona algunas de las tecnologías más avanzadas incorporadas recientemente por Rabat.
Un arsenal saharaui mucho más limitado
El ELPS mantiene, por el contrario, un arsenal basado en buena medida en sistemas analógicos y material adquirido o capturado de las tropas marroquíes durante décadas de conflicto.
Entre los sistemas asociados a sus capacidades figuran lanzacohetes múltiples BM-21 Grad, morteros, artillería y diferentes vehículos blindados. Las fuerzas saharauis han utilizado tradicionalmente la movilidad como uno de sus principales instrumentos para compensar su inferioridad tecnológica.
Los ataques rápidos, el empleo de vehículos ligeros y el lanzamiento de cohetes desde posiciones móviles permiten reducir la exposición de sus unidades ante la superioridad aérea marroquí.
La dimensión internacional de una guerra olvidada
La persistencia de los combates contrasta con el escaso espacio que ocupa actualmente el conflicto en la agenda internacional.
La misión de Naciones Unidas para el referéndum del Sáhara Occidental, MINURSO, continúa desplegada, pero el proceso político permanece bloqueado y el referéndum de autodeterminación previsto en el marco del proceso de paz nunca llegó a celebrarse.
Mientras tanto, la situación territorial se ha consolidado sobre el terreno.
Marruecos mantiene su ocupación de la mayor parte del territorio del Sáhara Occidental y ha impulsado inversiones, infraestructuras y proyectos económicos en las zonas bajo su ocupación militar. Mientras tanto, el Frente Polisario sostiene que esas iniciativas no pueden alterar el estatuto jurídico del territorio ni sustituir el derecho de los saharauis a decidir su futuro.
La cuestión económica se entrelaza así con la militar. Los recursos naturales, las infraestructuras, los proyectos energéticos y la posición geográfica del Sáhara Occidental han adquirido una importancia creciente para Marruecos y para sus socios internacionales.
Seis años después, el conflicto continúa
Los ataques reivindicados esta semana no representan por sí solos un cambio estratégico en el equilibrio militar.
Pero sí constituyen una señal política y militar: el Frente Polisario continúa considerando abierto el conflicto y pretende demostrar que el control territorial marroquí no equivale al final de la resistencia saharaui.
La diferencia entre ambos contendientes es evidente.
Marruecos dispone de una maquinaria militar cada vez más israelizada, respaldada por Estados Unidos y reforzada mediante una estrecha cooperación tecnológica con Tel Aviv. El Polisario cuenta con muchos menos recursos y desarrolla una guerra esencialmente asimétrica, apoyada en ataques de hostigamiento y desgaste. En ese contexto, cada lanzamiento contra el muro tiene un valor que supera su efecto estrictamente militar.
Es el mensaje de un pueblo olvidado que pretende impedir que el conflicto desaparezca definitivamente de la agenda internacional.
La guerra de baja intensidad continuará. Y mientras continúe el bloqueo político, cada nuevo ataque saharaui contra el muro será también un recordatorio de que el conflicto del Sáhara Occidental está lejos de haber terminado.