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09 julio 2026

La ruta del dinero: cómo Bruselas, Marruecos y el negocio de la chatarra europea convergen en una misma geografía de poder

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Por Ahmed Omar

Madrid, 09 Jul (ECS).— La capital de Europa tiene dos rostros. Uno es el que conoce el mundo: edificios de cristal, discursos sobre derechos humanos, instituciones que legislan sobre transparencia, gobernanza y lucha contra la corrupción.

El otro se descubre en los expedientes judiciales.

Es una Bruselas de maletas llenas de dinero, redes de influencia, empresas comerciales, intermediarios, dinero en efectivo, exportaciones hacia África y rutas financieras que desaparecen tan rápidamente como aparecieron.

En diciembre de 2022, la policía belga irrumpió en varios domicilios y encontró más de un millón y medio de euros en efectivo. El escándalo, conocido como MoroccoGate, sacudió al Parlamento Europeo y destruyó la idea de que las instituciones comunitarias eran impermeables a la influencia extranjera.

La investigación apuntó a una red de influencia en la que aparecieron nombres como Antonio Panzeri, Francesco Giorgi, Eva Kaili, Andrea Cozzolino y Marc Tarabella. Del lado marroquí, el nombre del embajador Abderrahim Atmoun apareció repetidamente en las investigaciones y en la prensa europea.

La pregunta que sobrevoló el caso fue inmediata:

¿Quién pagaba?

Pero una pregunta mucho más importante quedó sin respuesta: ¿De dónde procedía el dinero?

Tres años después, otra investigación estalló en la misma ciudad.

En junio de 2026, las autoridades francesas y belgas anunciaron el desmantelamiento de una importante red de blanqueo de capitales vinculada al narcotráfico. Ocho personas fueron detenidas, se realizaron diecisiete registros y fueron incautados más de ocho millones de euros, además de relojes y vehículos de lujo.

La Fiscalía belga habló de un sistema que transformaba dinero procedente del tráfico de drogas en capital aparentemente legítimo a través de una actividad comercial radicada en Bruselas.

El nombre de la empresa no apareció en los comunicados oficiales.

Pero en el entorno de la investigación y en medios africanos comenzó a circular un nombre: Karim Export. La empresa, instalada en la Rue Heyvaert de Molenbeek, opera en uno de los mayores centros europeos de exportación de vehículos usados hacia África Occidental.

Según fuentes mauritanas, los dueños de la empresa, D.K, fue interpelado por la policía Belga, como también sus socios hermanos, H. K y S.K que fue antiguo dirigente de European RORO Lines France, junto a K.C.

La historia de los automóviles usados es también la historia de una paradoja europea.

Miles de vehículos que ya no cumplen los estándares medioambientales y de seguridad de la Unión Europea encuentran una segunda vida en África.

Europa limpia sus carreteras.

África recibe la contaminación.

Pero el comercio de automóviles usados posee otra característica que los investigadores financieros conocen muy bien: es uno de los instrumentos más eficaces para mover valor a través de las fronteras.

Los vehículos se compran, se revenden, se exportan, cambian de propietario y permiten transformar efectivo en mercancía.

Es lo que los especialistas denominan blanqueo basado en el comercio.

La ruta que emerge de las investigaciones y de las fuentes conocedoras del funcionamiento de la red es tan sencilla como sofisticada.

Dinero procedente del narcotráfico.

Recogida de efectivo en Francia, Bélgica y los Países Bajos.

Entrega del dinero a intermediarios.

Compra de vehículos destinados a Mauritania y África Occidental.

Exportación desde Bruselas.

Y, finalmente, mecanismos de compensación financiera que apuntan hacia Casablanca.

Por sí sola, ninguna de estas etapas constituye una prueba de un delito concreto.

Pero el mapa que dibujan es extraordinariamente revelador.

Porque, al mismo tiempo que esta investigación se desarrollaba, otro expediente financiero sacudía discretamente a Bélgica.

El 8 de junio de 2026, la justicia belga homologó una transacción penal por más de 175 millones de euros con Banque Centrale Populaire y Banque Chaabi du Maroc por presuntas actividades financieras realizadas durante casi dos décadas sin las autorizaciones exigidas.

En Francia, Banque Chaabi du Maroc ya había sido sancionada en 2013 y nuevamente en 2025 por deficiencias en sus mecanismos de control interno y prevención del blanqueo.

No existe ningún documento público que pruebe una relación entre estas entidades financieras y la investigación sobre la red de vehículos y efectivo.

Pero una vez más aparecen los mismos elementos: Bruselas, Marruecos, Circuitos financieros, Dinero en efectivo, Intermediarios y Redes transnacionales.

Y la pregunta vuelve a surgir.

¿Se trata únicamente de una serie de coincidencias?

¿O estamos observando las distintas expresiones de un mismo ecosistema informal de dinero e influencia?

La cuestión adquiere una dimensión aún más inquietante cuando se recuerda que MoroccoGate ya reveló la existencia de una presunta operación de compra de influencia política dentro de las instituciones europeas.

El dinero encontrado en los apartamentos de Bruselas no era una teoría.

Era real.

Las investigaciones no demostraron públicamente de dónde procedía.

Pero sí demostraron que existía una capacidad financiera considerable al servicio de operaciones de influencia.

Y es precisamente aquí donde los diferentes expedientes comienzan a tocarse.

No porque exista una «prueba pública» que los una.

Sino porque todos parecen desarrollarse en la misma geografía, utilizando mecanismos extraordinariamente similares.

El mismo eje Bélgica-Marruecos.

La misma dependencia del efectivo.

Las mismas redes de intermediarios.

Las mismas estructuras comerciales.

Las mismas rutas entre Europa y África.

Y, sobre todo, la misma capacidad de transformar dinero opaco en influencia, negocios y poder.

Europa enfrenta así una doble contaminación.

La contaminación política de unas instituciones vulnerables a la influencia.

Y la contaminación material de un continente africano que recibe vehículos que Europa ya no quiere y soporta las consecuencias medioambientales de una economía diseñada en otra parte.

La ironía final resulta difícil de ignorar.

La empresa situada en el centro de este corredor comercial, Karim Export, ha llegado incluso hasta los campamentos de refugiados saharauis.

Hasta el lugar donde vive un pueblo expulsado de su tierra y abandonado durante medio siglo por la comunidad internacional.

Hasta allí alcanzan las ondas de un sistema que nace en Bruselas, atraviesa el Mediterráneo y termina proyectando su sombra sobre algunos de los lugares más olvidados del planeta.

Tal vez todas estas historias sean «independientes».

Tal vez no exista una única «explicación».

Pero después de MoroccoGate, después de los millones incautados en Bruselas y después de las investigaciones financieras que se acumulan alrededor del eje Bélgica-Marruecos, la verdadera pregunta ya no es si estas conexiones merecen ser examinadas.

La verdadera pregunta es por qué nadie las examinó antes.

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