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16 enero 2026

¿Por qué el sufismo fue incapaz de frenar el “tsunami” del salafismo yihadista en Sahel?

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Por Lehbib Abdelhay


Madrid (ECS).— Durante mucho tiempo, la región de África Occidental y el Sahel fue vista como un modelo de “islam moderado y tolerante”, gracias a la presencia histórica de las grandes órdenes sufíes, en particular la Tiyaniyya y la Qadiriyya, y a su papel en la conformación de un tejido social y espiritual que trascendía las tribus y las fronteras del Estado. Las zawiyas parecían un verdadero “válvula de seguridad” contra el extremismo y una sólida fortaleza cultural.

Hoy, la realidad en Malí, Níger, Burkina Faso y el norte de Nigeria impone una pregunta urgente: ¿Cómo se derrumbó tan rápidamente esta fortaleza frente a la expansión de los movimientos salafistas yihadistas (como Boko Haram, el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes y el Estado Islámico en el Gran Sáhara)? ¿Y por qué las antiguas estructuras sufíes fracasaron en “proteger” a sus sociedades del deslizamiento hacia la radicalización?

Este análisis sostiene que el retroceso del papel sufí no fue únicamente resultado de la presencia yihadista, sino la consecuencia de acumulaciones históricas y de crisis estructurales dentro de las propias órdenes sufíes, que les hicieron perder su inmunidad y su capacidad de resistencia en un momento de transformación tempestuosa.

¿Cómo se derrumbó tan rápidamente esta fortaleza frente a la expansión de los movimientos salafistas yihadistas (como Boko Haram, el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes y el Estado Islámico en el Gran Sáhara), Imagen Creada con IA, para resaltar el sufismo en el Sahel?

Históricamente, el islam no se consolidó en África Occidental a través de la fuerza, sino mediante las caravanas de comerciantes y predicadores sufíes. Las zawiyas se transformaron en centros de irradiación civilizatoria, y los shéijs de las órdenes (los morabitos) llegaron a poseer una autoridad espiritual y moral que en ocasiones superaba la de reyes y sultanes. Las órdenes sufíes proporcionaron redes de seguridad social, una identidad que trascendía las tribus y un sistema jerárquico estable durante siglos. Este legado es lo que hace que el choque actual sea tan cruel.

¿Por qué perdió el sufismo?

La incapacidad de las órdenes sufíes para enfrentar la marea extremista se debe a una interacción compleja de cuatro factores principales, que abarcan lo ideológico, lo político y lo social.

La batalla doctrinal: el atractivo de la “pureza” salafista frente a la “innovación” (bid‘a) sufí

El ascenso salafista representa un desafío ideológico existencial para el sufismo. Los grupos yihadistas parten de una doctrina “salafista wahabí” que considera prácticas sufíes fundamentales —como la intercesión a través de los santos, la visita a los mausoleos y la celebración del nacimiento del Profeta— como formas de “asociacionismo” (shirk) o “innovaciones” (bid‘a) que deben ser erradicadas.

Frente a los rituales sufíes complejos y a la jerarquía escalonada para acceder al conocimiento, el salafismo contemporáneo ofreció a los jóvenes un discurso religioso caracterizado por una “simplicidad aparente” y una gran inmediatez, llamando a un “islam puro” y universal que trasciende lo local africano. Esto constituyó un poderoso factor de atracción para una generación que busca una identidad tajante en un mundo convulso.

“El beso de la muerte”: la alianza entre el shéij y el sultán y la pérdida de legitimidad

Quizá el desafío más peligroso que enfrentó el sufismo en la era moderna fue la erosión de su capital simbólico a causa de la política. En el periodo posterior a la independencia, los jeques sufíes tradicionales entraron en alianzas clientelares con los regímenes gobernantes, ya fueran laicos o autoritarios y corruptos.

Los shéijs intercambiaron la lealtad política de sus seguidores por privilegios materiales y por influencia ante el Estado. Cuando estos Estados fracasaron en proveer servicios básicos y se vieron envueltos en la corrupción y la represión, la legitimidad de sus aliados religiosos se desplomó. Los grupos yihadistas supieron explotar este vacío con gran habilidad, presentándose como una alternativa “pura” que combate la corrupción de los regímenes y de sus “agentes”, los shéijs de las órdenes, que pasaron a ser vistos como parte del problema y no de la solución.

La rebelión de los jóvenes: la crisis de la “vieja guardia” y el empoderamiento alternativo

La región del Sahel vive una explosión demográfica juvenil, mientras que las estructuras de las órdenes sufíes continuaron basándose en un sistema jerárquico rígido que concentra el poder, la riqueza y el conocimiento en manos de los ancianos (gerontocracia). Los jóvenes se sintieron marginados dentro de estas estructuras, que exigían obediencia ciega sin ofrecer horizontes de ascenso.

En contraste, los grupos yihadistas rompieron este monopolio y ofrecieron a jóvenes marginados económica y socialmente un modelo de “empoderamiento inmediato”. El joven que no tiene futuro en su aldea puede, al unirse al grupo, obtener armas, dinero y autoridad inmediata, eludiendo décadas de espera dentro de la jerarquía sufí tradicional.

El retroceso del sufismo no se debió solo a que su mensaje espiritual perdiera atractivo, sino a que se transformó gradualmente, a los ojos de amplios sectores, de movimientos de renovación social en instituciones conservadoras aliadas de autoridades fracasadas. El declive no fue únicamente intelectual, sino que se produjo de manera sistemática mediante herramientas concretas:

– Educación paralela y violencia sistemática: desde la década de 1970, y con apoyo externo (principalmente del Golfo), se difundieron escuelas e institutos salafistas que ofrecían educación gratuita y becas, en un momento en que las escuelas coránicas sufíes tradicionales sufrían escasez de recursos. Estas escuelas formaron a una nueva generación de predicadores contrarios al sufismo, armados con una polémica jurisprudencial moderna.

– Terror contra los símbolos: los grupos yihadistas recurrieron a la violencia sistemática para romper los vínculos sociales. Mediante el asesinato de shéijs influyentes en aldeas y zonas rurales, o la destrucción de mausoleos históricos (como ocurrió en Tombuctú en 2012), lograron desmantelar el sistema social basado en la simbología de estos shéijs, lo que les facilitó llenar el vacío de seguridad y espiritualidad.

En conclusión, es necesario evitar generalizaciones absolutas. Mientras el Sahel central (Malí, Níger, Burkina Faso) ha presenciado un colapso rápido de las barreras sufíes debido a la fragilidad de los Estados, países como Senegal y Mauritania siguen ofreciendo un modelo relativamente distinto. Allí, las órdenes sufíes (como la Muridiyya y la Tiyaniyya) gozan de una sólida organización institucional y de una fortaleza económica independiente del Estado, lo que las convierte, hasta ahora, en un muro de contención eficaz —pese a los desafíos— frente a la expansión del salafismo violento.

El sufismo no retrocedió solo porque su mensaje espiritual perdiera encanto, sino porque se transformó gradualmente, a ojos de un amplio público, de movimientos de renovación social en instituciones conservadoras aliadas de régimenes fracasados. De este modo, se enfrentó a una ola radical que combinó el atractivo de una ideología “pura” con una explotación inteligente de agravios políticos y económicos profundos, produciéndose así un desplazamiento histórico en el equilibrio del poder religioso en el occidente del continente.

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