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Madrid (ECS).- Enquête | «El enigma Mohamed VI» (5/6). Para asegurar su poder, el soberano marroquí se apoya en un reducido círculo de fieles, muchos de ellos conocidos desde hace décadas. Pero las rivalidades internas revelan tensiones y nerviosismo, síntoma de las incertidumbres sobre el futuro de su reinado. Así lo describe Le Monde en el quinto capítulo de su serie, publicado el 28 de agosto de 2025.
Protocolo y poder
Estar o no estar. Pocas listas son tan esperadas y escrutadas en Marruecos como las de invitados a las recepciones reales: el iftar del ramadán, la Fiesta del Trono, el aniversario del rey o las ceremonias religiosas. Ser convocado significa prestigio; quedar fuera, humillación pública. En 2012, Othman Benjelloun, uno de los banqueros más poderosos del país, fue súbitamente excluido de estos eventos, una señal inequívoca de caída en desgracia. El episodio recordaba sus antiguos choques con el palacio, cuando intentó hacerse con la SNI, la gran holding que más tarde se transformaría en Al Mada, controlada por la propia corona.
Otro caso reciente fue la ausencia notoria de Yassine Mansouri, jefe de los servicios de inteligencia exterior (DGED), en la prière de l’Aïd-el-Adha de junio de 2025. Un detalle suficiente para desatar especulaciones sobre enfados reales y luchas de clanes en el entorno de Mohamed VI. Como señala un conocedor del palacio citado por Le Monde: “Debe de haber una cólera real”.
Estos ejemplos muestran cómo el protocolo es un lenguaje político en sí mismo. En el majzén, el complejo entramado de poder en torno al palacio, las apariencias y la lealtad personal pesan más que las instituciones. La estabilidad del sistema depende del rey y de su círculo íntimo, lo que genera rivalidades permanentes y acentúa la opacidad.
El núcleo duro del Majzén
Desde 1999, Mohamed VI ha conservado las estructuras fundamentales heredadas de Hassan II. Aunque introdujo cambios menores en rituales y ceremonias, el núcleo duro del majzén se mantiene. En el centro están los amigos históricos del monarca, muchos de ellos antiguos compañeros del Colegio Real: Fouad El-Himma, considerado el “vice-rey”, artífice de la domesticación política desde el Ministerio del Interior y hoy consejero principal; Yassine Mansouri, jefe de la inteligencia exterior; y Mounir Majidi, administrador de la fortuna real y figura clave en los negocios estratégicos del reino.
Alrededor de este núcleo funciona un segundo círculo de tecnócratas y consejeros. Entre ellos figuran juristas como Omar Azziman o Abdellatif Menouni, el financiero Yassir Zenagui, y diplomáticos como Taïeb Fassi-Fihri. Incluso André Azoulay, judío marroquí y antiguo consejero de Hassan II, conserva un papel simbólico como emblema del “vivir juntos” promovido por la monarquía. Este “club de los siete” actúa como un verdadero gabinete en la sombra, vigilando al gobierno oficial y limitando la autonomía del primer ministro.
Ascenso del aparato de seguridad
Pero en las últimas dos décadas, lo que más ha cambiado es el peso del aparato de seguridad. La figura central es Abdellatif Hammouchi, jefe de la DGST (contraespionaje) y de la DGSN (policía nacional). Con esta doble función, es uno de los hombres más poderosos del país. Se fortaleció tras los atentados de Casablanca en 2003 y consolidó su poder con la represión de la revuelta del Rif (2016-2017).
Hammouchi, sin embargo, no procede del círculo íntimo del rey y su relación con Mohamed VI es más funcional que personal. Ha sabido hacerse indispensable, pero también acumula tensiones con otros pesos pesados como Yassine Mansouri. El propio Le Monde recuerda que estas rivalidades se han expresado incluso en conflictos con Francia, cuando Hammouchi fue citado en 2014 por denuncias de tortura.
Rivalidades y tensiones internas
El majzén se presenta como un bloque homogéneo, pero en realidad es un campo de rivalidades. En seguridad, Hammouchi y Mansouri encarnan polos en competencia. En economía, los oligarcas vinculados al palacio, encabezados por el primer ministro Aziz Akhannouch, alimentan tensiones con otros sectores. Le Monde relata cómo la sustitución de ministros de carrera por empresarios cercanos al poder, como el caso del “rey de la confitería” Mohamed Saad Berrada, ha intensificado el malestar social.
El otro gran frente de poder es la economía. El auge de magnates con conexiones palaciegas profundiza las desigualdades, mientras la población sufre precariedad y erosión del poder adquisitivo. En su discurso del 30 de julio de 2025, Mohamed VI reconocía el peligro de un “Marruecos a dos velocidades”, prueba de que la brecha social preocupa incluso en el trono.
Familia y sucesión
Junto a la política y la seguridad, la familia ocupa un lugar central en las prioridades del monarca. Mohamed VI vigila de cerca la proyección de su hijo y heredero, Moulay El Hassan, aunque sin precipitar su entrada en el primer plano político. También controla las actividades de sus hermanas, Lalla Meryem, Lalla Hasnaa y Lalla Asma, que representan al reino en foros internacionales.
No menos significativa es la sombra de figuras incómodas como su primo, Moulay Hicham, el “príncipe rojo”, defensor de una monarquía constitucional, o la situación de su exesposa, Lalla Salma, apartada del palacio desde 2018. El rey mantiene con todos ellos una relación oscilante, en la que combina control, vigilancia y gestos de apaciguamiento.
El arte de gobernar por la opacidad
El artículo de Le Monde insiste en que el verdadero poder de Mohamed VI reside en el control del acceso al monarca. Determinar quién se acerca y quién queda al margen es la clave de su reinado. De ahí que la política marroquí se parezca más a un teatro de señales –invitaciones, exclusiones, ascensos y caídas– que a un sistema institucional transparente.
En palabras del politólogo Mohamed Tozy, citado por el diario, “no es solo un rey, es un sistema”. Y en ese sistema, se puede gobernar incluso desde la ausencia. La autoridad se concentra en un círculo reducido, mientras las instituciones electas permanecen subordinadas.
Un sistema frágil bajo una fachada sólida
El resultado es un majzén que aparenta solidez, pero que en realidad depende de equilibrios frágiles entre clanes, lealtades y caprichos reales. La represión de las protestas, la hipertrofia del aparato de seguridad y el ascenso de oligarcas ligados al trono muestran las contradicciones de un sistema cada vez más autoritario.
Le Monde concluye que los secretos de palacio, lejos de ser simple folclore, son la verdadera esencia del poder en Marruecos. Y en esa lógica, la incertidumbre sobre la salud del rey y la sucesión añade un elemento de inestabilidad que inquieta tanto a sus aliados internos como a sus socios internacionales.
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